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Sin lugar a dudas, en la historia de la humanidad, no ha habido personalidad más convincente, más atractiva, más auténtica que la de Jesús de Nazareth. El Evangelio de San Marcos, al presentar el modo de predicar de Jesús, remarca la autoridad de sus palabras (Mc 1,21b-28); una autoridad que no brotaba de una posición superior, de un cargo, de una amenaza, sino de una máxima integridad moral, de una mirada limpia, de un corazón generoso que siempre iba por delante, que ya te había mostrado con sus obras la novedad y la belleza del camino que te proponía. Ante una invitación de Jesús, no había barrera que se resistiera, ni vicio, ni pecado, ni oficio. El resplandor de la mirada amorosa de Cristo y la fuerza vivificante de su Palabra, inseparables siempre de sus gestos; su Palabra (re)creadora ha seducido a los corazones más rebeldes, y sigue provocando conversiones en nuestra parroquia, en nuestro barrio, en nuestro mundo, tan azotados por demonios de diversa índole.
En la sinagoga de la escena evangélica, hay sitio también para el endemoniado; Jesús no excluye a nadie, ya que Él es un Médico con poder de sanar las heridas más enconadas de los corazones desgarrados por la soledad, las pérdidas, la enfermedad, el vicio, la desesperanza. Si te sientes hoy enfermo, no tengas miedo, acércate a una iglesia, asiste a la Eucaristía dominical. Jesús no te rechaza; Jesús te quiere liberar y darte una palabra nueva de esperanza, una palabra viva que, con su autoridad, purificará tu corazón de los demonios que te impiden ser feliz y amar de verdad a Dios y a los hermanos.